Imperfección humana

Constantemente se hace alusión a la imperfección como una cualidad humana; “errare humanum est”. A pesar que en efecto, la perfección no es algo asequible a las capacidades de los hombres, cuando entendemos que lo perfecto es algo pleno, acabado, que no admite ni requiere algo más puesto que ha llegado a la culminación máxima de una cualidad o función; y el movimiento, la dialéctica en la cual el hombre se desempeña, conlleva una constante transformación, un perfeccionamiento, el cual es un proceso cuya finalidad es afinar la función, con la perfección como meta inalcanzable, porque a fin de cuentas, cuando hemos alcanzado algún nuevo grado de perfeccionamiento, siempre existe un punto más adelante un grado más alto de perfección que visualizamos como una nueva meta deseable. Es precisamente bajo esa óptica, que podemos afirmar, que el único ser perfecto, es ese ser intangible que es La Fuente de todo.
Si, en cambio, volvemos nuestra mirada hacia el hombre, entonces comprendemos que el hombre es perfectible, pero no perfecto. Quizá exista un punto de virtud en el cual, al fundirse el individuo con su Hacedor, en algún momento de la eternidad, entonces el ser, alcance la plenitud de la perfección, pero entre tanto esto no suceda; no habrá hombre perfecto, y por ende, por lejos que se llegue en el conocimiento o en sabiduría, o en la más excelsa virtud sea esta: amor, abnegación, lealtad, justicia, humildad, integridad, o alguna otra que me falte exaltar; habrá siempre alguna imperfección de la cual, emane de la posibilidad de avanzar un poco más, cada vez. Esto es lo que pretende significar la expresión del profeta que afirma que, nuestras justicias (imperfectas), son como trapos de inmundicia, delante de la perfección de la justicia de Divina.
Pero esto último no justifica el pretender llegar al auto convencimiento de que, al fin somos humanos, y debemos aceptar nuestra incapacidad para alcanzar la perfección, como razón para dejar de esforzarnos por buscar la perfección como una finalidad en sí misma. La imperfección; inmanente cualidad de la Humanidad, no puede tomarse como un pretexto para justificar una sinrazón, o una conducta resultante de un circulo vicioso. Un artista virtuoso, no llega a serlo tan solo por una pincelada afortunada, o un momento de inspiración sublime, sino a través de desarrollar disciplinadamente, los dones con los que fue dotado, bien que se piense que por factores genéticos, o por don divino. Que a la postre, no se adquiere lo primero sin la voluntad del Diseñador. El artista nace, pero no alcanzará la plenitud de sus dotes a menos que se esfuerce por lograr el virtuosismo, que es el máximo grado de perfección al que puede legítimamente aspirar. Y sin embargo, no hay virtuoso que no cometa algún pequeño error al ejecutar su arte, porque errar es humano. Arthur Rubinstein, un gran pianista reconocía (y así lo demuestran algunos pasajes de sus interpretaciones grabadas), que cometía errores de digitación, pequeños tropezones en el teclado, al interpretar. En ese aspecto Vladimir Horowitz, otro gran pianista, mucho más técnico, no cometía tales imperfecciones en la digitación, sin embargo, la emotividad interpretativa del primero, hace casi imperceptibles sus pequeños accidentes. En contraparte, la más depurada técnica interpretativa de Horowitz se queda muy por encima de su calidez emotiva, lo cual, a fin de cuentas, le resta perfección. En ambos casos, la imperfección humana queda de manifiesto, y en ambos puede ser pasada por alto, puesto que errar es humano, y la perfección es un propósito, más que un logro.
Un médico y un juez pueden llegar a equivocarse, y sus errores, acarrean consecuencias tan graves que repercutirán la vida de más de una persona. El yerro pudiera llegar a ser fatal, y aun contrario a la intención o finalidad, y aquí cabría decir finalmente: “errare humanum est”. Y en consecuencia la reparación del daño debiera reservarse a los casos donde hubiera un dolo premeditado, probado más allá de cualquier duda razonable. Los errores de pericia, quizá admitan situaciones de excepción o puedan hacerse francamente excusables. Los errores de criterio o interpretación en ocasiones pudieran no ser intencionales, ni dolosos. Pero los errores dolosos no tienen excusa bajo ninguna consideración, ni admiten atenuante.
En otro orden de ideas; La Tecnología, que constituye la aplicación práctica de los avances del conocimiento humano, lleva de hito en hito, un más alto grado de perfeccionamiento, y en ocasiones, los fracasos que se desprenden del aprendizaje por ensayo y error, permiten afirmar nuevamente: “errar es humano”, pero si, Tomás Alva Edison se hubiera refugiado en tal argumento, sin haber aprendido nada después de haber ensayado y fallado alrededor de cien veces antes de haber logrado inventar la bombilla incandescente; jamás la habría inventado.
Podríamos recurrir a nuestra humanidad como argumento para asimilar, y en cierta medida, atenuar nuestra frustración, o para asimilar nuestras ineficiencias sin llegar a experimentar momentos de depresión y angustia, o culpas y remordimientos, que no nos conducen en realidad a un cambio de conducta, ni a superar nuestras limitaciones o nuestras decisiones erróneas, sino que, a fin de cuentas se traducen en ciclos de indolente y necio cinismo. Pero lo que no podemos hacer, si en verdad tenemos amor propio, es apelar a ultranza, a nuestra ineficacia humana, como razón clara y suficiente de un confort mediocre, o como un pretexto para solapar o tolerar vicios o conductas indolentes o francamente pervertidas, sean estas propias o de nuestro prójimo.

Ya’akov Ben Tzyion
יעקוב בן ציון
Médico

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