El Injerto

UlcerasPorPresionEscaras
Por Ya’akov Ben Tzyion
Se cuenta de cierto hombre intolerante y déspota que cifraba su soberbia en su origen ligado a un linaje de cierta aristocracia, que por esos azares de la vida, había caído en desgracia tal, que hacía varias generaciones que la supremacía de su estirpe, era cosa de entredicho por la generalidad de la gente, algo que irritaba sumamente hasta la cólera exagerada a dicho personaje. Usualmente su enojo era tal que se permitía dar rienda suelta a sus rencores, bajo la forma de una capacidad casi inmanente en a su persona para el sarcasmo; ese ingenio vivaz, mezcla de odio sublimado, y destreza en el manejo del lenguaje, en una suerte de esgrima hiriente, y socarrona, que es poco usual para la gente simple, y poco atractiva para aquellos que se consideran francamente intelectuales en la acepción snob de la palabra “intelectual”, y poco digna a las personas prudentes.

Experto en repudiar a quienes considerara diferente de sí, en cualquiera de los aspectos que se pudieran pensar: color, idioma, léxico, género y raza, religión, vestuario, clase social, credo político. Acentuaba su rechazo por aquellos que considerara inferiores y no tan solo diferentes de sí.

En cierta ocasión, mientras se calzaba la ropa, descubrió casi por accidente una pequeña lesión en su piel, a la cual no le dio importancia. Con el correr de los días, esa insignificancia, se convirtió progresivamente en una mancha rojiza, y luego, en una ulceración que se extendió considerablemente en toda la superficie exterior de la piel del muslo. Tras de probar remedios de todas clases y doctores, aquella lesión crecía y se profundizaba hasta el punto de ser una amplia, dolorosa y fea oquedad. Preocupado, acudió con un médico más, quien le ofreció la esperanza de curación.

Se hacía necesario ante todo, preparar la piel de la región afectada, no solo con limpieza cuidadosa y aséptica. Sino mediante la extirpación radical de aquella piel dañada, retirando todo aquel tejido que no permitía la cicatrización y posterior crecimiento de tejido sano y curación de aquella fea llaga. Sin embargo, no sería suficiente con retirar y limpiar, ni revitalizar la región dañada. La pérdida de tejidos propios era tan extensa, que sería necesario la aplicación de un injerto. Para el éxito del tratamiento, sería necesario que el hombre no tuviera una reacción de rechazo al injerto.

Viniera de quién viniera, era natural que la sola idea de aplicar sobre su cuerpo un tejido extraño, era ya de por sí algo inquietante y aun más, casi insoportable para aquel sujeto tan acostumbrado a rechazar lo extraño. El paso de los días, y la falta de progreso favorable en la úlcera, le fue cercando las intenciones, hasta que mirando que no habría otra alternativa, accedió a la terapéutica que aquel médico le había propuesto. Así pues, retirado todo el tejido inservible, y preparada la región hasta los bordes revitalizados que permitirían la colocación del injerto, finalmente le fue implantado el tejido de un donante anónimo, pero probadamente compatible.

Los primeros días que siguieron al injerto, la región aparecía nuevamente decadente y aun pútrida. Qué era aquello que le estaba haciendo fracasar. El enfermo, secretamente tenía la respuesta: seguía renuente a admitir que un tejido extraño le reparase aquella parte de su dañado cuerpo. Sin embargo, por esa absurda necedad que las personas tienen de negarse a la verdad, se negaba a confesarlo, no solo a su médico, sino más grave aun. A sí mismo. Cansado al fin, y derrotada su obstinación, decidió en su interior, ya no oponerse a aquel colgajo extraño que sería su única alternativa de cura. Y comenzó a sentirlo como propio.

Lo crean o no, ese simple cambio de sentir, tuvo cambios positivos casi de inmediato, cesó el dolor, y los tejidos empezaron a tender puentes desde los bordes, crecieron pequeños capilares que llevaron sangre y vida, se formó una escara protectora, y los riesgos de contaminación disminuyeron, pues debajo crecía nueva piel. Algunas semanas después, en esa piel extremadamente blanca del receptor, se hacía notable, una enorme mancha de piel obscura que creció en el sitio donde antes solo había una enorme llaga. El hombre, había sanado. En su mente y corazón, más de una enseñanza se había escrito a partir de esta experiencia.

¿Te parece que sería necesario describir cada una de ellas? Yo no lo pienso así. El cúmulo de cosas buenas, que esta desgracia trajo a la vida de este hombre hosco y hostil fue tan abundante, que no cabrían en esta breve reseña.

Shalom. Lehitraot

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